Virginia decide matar
"Chupala, Coelho"
Virginia es menudita,
simpática y bonita: nadie va a sospechar de ella. La posibilidad de que alguien
la culpe de lo que está a punto hacer (y de hecho llevaba semanas planeando) es
tan remota que podría haberlo comentado abiertamente y nadie la hubiera tomado
en serio. Lo habrían tomado como una broma más, otro de sus arranques de
personalidad, como los insultos que a duras penas puede tragarse durante las
horas de trabajo. Sus compañeros se divierten cuando la ven ponerse roja y
achicar la cabeza entre los hombros, intuyendo ese “la concha de la vaca” que
quiere salir y no puede. A los ojos del mundo es inofensiva.
Nada
es en serio cuando ella habla; sus amenazas caen en saco roto. Al lado de los
monstruos y bichos raros con los que cursa y se junta, como yo mismo, ella es,
o parece, un ángel puteador. Quienes más la conozcan dirán otra cosa. Van a
mencionar un temperamento insospechado y un poco cascarrabias, pero nada serio,
nada preocupante.
Este
es justamente el tema.
Simplemente
se cansó de que todo lo que diga sea un chiste. Que se rían de sus amenazas la
avergüenza y desmerece su furia. Esta es la razón por la que ya desde hace unas
semanas, disimuladamente fue comprando veneno en distintas farmacias, siempre
en pocas cantidades, para que no le hagan preguntas.
También
por esto fue buscando distintas recetas de tortas, tartas y bizcochos, todos
los suficientemente dulces como para tapar el amargo sabor de los tóxicos.
De a
poco los fue probando en animales: lo hacía migas y se lo tiraba a las palomas
o lo dejaba en algún rincón de una plaza, al alcance de perros y gatos hambrientos. Al principio ni se
acercaban, ya que el olor del veneno era tanto y tan puro que los ponía sobre
aviso a un kilómetro de distancia. Con el tiempo, sin embargo, fue
perfeccionando la dosis y los bichos empezaron a aparecer muertos, hinchados,
verdosos y con la lengua afuera.
Supo
que estaba lista cuando por error un vagabundo se comió la porción de algún
perro. Ella misma encontró el cadáver una mañana, mientras iba a la facultad,
pero ese cuerpo retorcido por el dolor y con restos de torta aún en la mano no
le movió un pelo. En cambio sonrió un poquito, como cuando finge escuchar lo
que le dicen, y empezó a afinar los detalles para el siguiente lunes. Es decir,
Hoy.
Yo,
compañero y narrador, por esta doble naturaleza que me da el ser autor de estas líneas, lo se todo. Conozco su
plan. Mientras nos repartimos entre los
asientos, en ronda, como todos los lunes, la veo sonreír emocionada, achicando
un poco los ojos. Sabe que nadie sospecha nada. Yo, con escribirlo, así lo
dispuse.
Es el
momento de la verdad.
Vamos
entrando en calor entre chistes y saludos, con los comentarios de la semana en
que no nos vimos. Alguien saca un paquete de galletitas, yo preparo el mate.
Virginia, al lado mío, abre la mochila y saca un gran tupper plástico.
“Traje
torta” dice, disimulando su alegría.
Todos
se sirven. Yo le paso el mate y ella guiña un ojo.
Hache Eme

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