martes

La pista de la carne




La pista de la carne

“Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensión de aquella tierra. Era la desolación misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera bastaría decir, para describirla, que su esencia era la tristeza.”
Jack London, Colmillo Blanco


Muy lentamente me echo en la tierra congelada, entre las raíces muertas y las piedras. Escondo la boca en el codo de mi campera para que mi aliento helado no me delate. Y rezo. No se rezar, pero lo hago. Encargo mi alma, y antes mi vida, a algún dios que escuche mis plegarias antes que mis gritos. En el cordón de árboles, dónde el páramo se convierte en bosque, tres lobos se disputan una presa. Mientras dos gruñen y se lanzan dentelladas, el otro desgarra la carne y su pelaje se pinta de rojo. Así se van rotando: dos pelean y uno come. Los tres se tiñen. Sacuden los arbustos secos con sus forcejeos y las ramas heladas se quiebran como astillas. Estalla la escarcha de sus lomos. El frío intensifica todo. Cada ruido, cada imagen llega hasta mi increíblemente nítida,  aguda, silenciando al viento y a las montañas.  Las aves, que descolgaban su canto desde su escondite en las copas más oscuras, callaron de repente. Todo ser con ojos los tiene clavados en la escena que me inmoviliza, y nadie se atreve a interrumpir. Los jirones de tela son un recordatorio de la naturaleza. Los bufidos por momentos se amplifican, alcanzan una magnitud gigantesca y lo ocupan todo. Cierro los ojos, pero siguen ahí. Los rugidos se condensan en vapor en una sinestesia explicita y primal. La sangre busca grietas dónde hundirse y desaparecer, pero solo encuentra hielo y se desliza, expandiéndose en todas direcciones.
En el cordón de árboles, dónde el páramo se convierte en bosque, tres lobos rojos clavan sus dientes en un cuerpo que ya no gime. Sus miembros se dejan zarandear, laxos. Con la cara escondida entre los brazos, me permito unas cuantas lágrimas mudas, y echado en la tierra muerta, entre las raíces congeladas y las piedras, rezo una última plegaría inútil y espero que se vayan para poder cavar una tumba improvisada, fría y poco profunda.



Hache Eme


lunes

Clasificados


Lucidez brutal, a estrenar. 
Vendo o permuto por conciencia limpia
o ligereza ingenua.
Indecisos abstenerse.
Interesados comunicarse con


Hache Eme

martes

Metafísica



Metafísica


“Tal como me parecen las cosas, tales son para mí, tal como te parecen, tales son para ti. Pues tú eres hombre y yo también.” - Protágoras



El aula está inquieta. Incomoda y molesta, también. Hace mucho calor y las ventanas están cerradas porque el sonido de las calles opaca al profesor. De todas formas, su clase se pierde entre bocinazos, y no me extrañaría que algún sabio griego, de esos que se le escapan a mansalva, ya haya muerto atropellado en la esquina de la avenida. Muchas otras cosas, sin duda importantísimas, también sucumbieron y sucumbirán al olvido, o se escurrirán por los agujeros de la permeable atención de la media tarde. La brutal modorra de después del almuerzo.


Mis compañeros sudan, algunos peor que otros. Las chicas se abanican con los apuntes que deberían estar leyendo. Nadie va a sacar, ni busca obtener, a esta altura, mucho provecho de estas horas nefastas.


Yo trato de aprender, pero cuesta.


A menudo mi cabeza se encuentra invadida por pensamientos completamente exóticos e inútiles. Divagaciones que ya ni me molesto en espantar. De repente extraño el frío y sin dejar de tomar apuntes escapo hacia el invierno, pero no directamente: no puedo privarme de pasear un rato por el otoño en el camino. Total, queda de paso y al profesor no le cambia nada si mientras él habla yo recorro el boulevard. Me detengo en las hojas amarillas y en ese caminar ruidoso y divertido. Imagino las nervaduras secas y las recorro suavemente con dedos que ya las conocen de memoria. Me detengo debajo de árboles impúdicos o perennes y orgullosos y toco la corteza tibia por el sol de la tarde. Pienso en como ayer fue enero, hoy es abril y mañana será junio, y mientras hago esto comienza a refrescar. Ya estoy llegando.


El profesor habla de Parménides y yo saco la estufa eléctrica de debajo de la cama. Bajo las camperas del último estante del placard, subo el calefón y miro por la ventana los esqueletos escarchados.


El profesor habla de Pitágoras y yo salgo al balcón en remera para que el frío cale bien profundo, y dejo que mi aliento se escape y se haga nube. Miro ese sol blanco y lejano que le da al mundo la pátina azul, celeste y metálica, que saben tener las cosas en invierno. Esa nitidez filosa.


El profesor habla de Protágoras y yo me voy a mediados de julio en mi pueblo. A los diez grados bajo cero y la noche cerrada de las siete y media de la mañana. Al viento que corta la piel que encuentra desprotegida y a la promesa de nieve que nunca se cumple.


El profesor dice Fernández y yo me congelo mirando el mar desde la rambla de una playa desierta, andá a saber hace cuánto tiempo, o dentro de cuántos años. Escucho a las olas romper en la orilla y hacer un eco que se cuela por las calles y llega hasta la meseta y después sigue.


El profesor grita Fernández y yo me fui detrás del eco.



Hache Eme


lunes

Apenas triste


Apenas triste



“If there's any kind of magic in this world, it must be in the attempt of understanding someone, sharing something. I know, it's almost impossible to succeed, but…who cares, really? The answer must be in the attempt.”Celine, Before sunrise (1995)


En una mejilla tiene tres lunares que forman un triangulo equilátero perfecto. Uno de los vértices se acerca hasta la comisura de los labios y desde ese delicado lugar traza la trayectoria hacia las otras dos puntas: una arriba, subiendo por el pómulo, la otra abajo, casi en el límite mismo de la cara, en ese espacio suave de sombras que luego desciende ya siendo cuello hasta las clavículas. Tiene la piel trigueña - y tibia, me atrevería a decir sin llegar tocarla - y ojos desconfiados que cada pocos segundos cambian su foco de atención. Ahora es la hebilla turquesa que resalta en la cabeza de la mujer gorda sentada tres filas de asientos más adelante. Ahora es el bolsillo abultado del hombre sombrío que viaja en el estribo. Ahora soy yo. Ahora son las puntas de sus zapatillas blancas para correr. Ahora el pedacito de rodilla que asoma por el corte de su pantalón. Ahora soy yo de vuelta. Ahora no soy más. Está enfundada en uno de esos buzos tipo campera con cierre y bolsillos canguro adelante, y una capucha con forro verde que acomodó para amortiguar el respaldo duro de la butaca del tren. Viaja sola, sin nadie al lado, atrás o adelante, y aprovecha el lugar extra para recostarse mejor, lo más cómodamente que le es posible en este vagón hecho por diseño para ser insoportable. Esconde las manos dentro del abrigo y juega con algo en el bolsillo, lo manosea y hace girar. Un par de bolitas de colores, pienso. Un caracol, un trompo, una piedrita traslucida. Me divierto imaginando posibilidades. En realidad es un paquete de cigarrillos, pero no lo saca. Por debajo de una manga adivino la esquina inconfundible de un libro y sigo especulando con títulos y autores que vayan con su cara y sus movimientos. Hemingway, Bukowsky, Kerouac, Camus, Boris Vian. "El terreno de lo posible es muy amplio cuando no hay temor a que la luz se encienda”. Quizás algún cuento de Francis Scott Fitzgerald. Cada una de sus actitudes y gestos me revela algo que probablemente me esté inventando. De repente libera sus manos para apretar los pestillos de la ventanilla y abrirla. Lucha con ellos durante unos segundos, forcejea, pero al final triunfa y enseguida siento la corriente llegar hasta el asiento dónde estoy apostado. Su pelo, castaño rojizo y corto, apenas se mueve. Ahora descansa la frente despejada en el marco de la ventana y esconde sus ojos en el paisaje, entre los arbustos o las nubes. No se si esta buscando o perdiendo algo. La sigo, solo para imaginar que ve cuando miramos lo mismo. Estamos los dos en el campo de ahí afuera, a metros de distancia el uno del otro. Yo sigo sus huellas y ella se adentra en los matorrales. El cielo esta gris y nublado, probablemente al borde de desbocarse en rayos. A nuestras espaldas el tren pasa hecho un bólido, una y otra vez, permanentemente, y en él yo sigo mirándola mirar. Los matorrales se convierten en un bosque seco y yo la pierdo de vista. Por un momento me desespero. Estoy solo en la intemperie y no se que hacer. Sin embargo encuentro un rastro y lo sigo, un camino de cigarrillos caídos que corre entre las raíces. Cuando la encuentro esta sentada en un tocón, en un pequeño claro y me espera con las piernas cruzadas y las manos en los bolsillos. El paquete de cigarrillos es un bollo arrugado a sus pies. Ella me mira fijamente. Sus ojos son remolinos de polvo, tierra que vuela, sacude, tapa y entierra. Me sofocan. No puedo seguir mirando. Ella clava sus ojos en los míos y el tren comienza a disminuir la velocidad hasta detenerse en una estación perdida en el medio de la nada. Algunos pasajeros desganados se paran y recogen sus bolsos y mochilas. Apenas siento algún rumor a medida que el vagón se va vaciando. En silencio la gente baja y se dispersa por el campo sin dirección aparente. La estación es un terraplén de cemento, un par de bancos de madera y nada más. Nos quedamos solos, esta vez de este lado.





Hache Eme


viernes

Inherencia



Inherencia



"El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho" - J.F.I.L. Borges



Que todo lo que me defina tenga olor a yerba, a tierra mojada y a sal.

Que tenga hojas de cualquier tamaño y color y voz para decir, y no solamente sonar.

Que tenga lenguas de fuego y de humedad. Que ninguna se apague.

Que corra con el viento, porque será él quien me lleve, me traiga y me borre.

Que vuelva con la marea y cambie mis huellas por las de la espuma.

Que no sea tan claro que rechace una segunda mirada.

Que todo lo que me afirma sepa mantener su agarre cuando me lance a volar.

Que no me abandone lo que al final no me pueda llevar.

Que no me detenga.




Hache Eme


Artificio



Artificio


"La habitualización devora objetos, vestidos, muebles, a la propia esposa y el miedo a la guerra" - Victor Shklovsky



hace tiempo que...

hace tiempo ¿qué?

¿qué iba a decir?


iba a decir "qué"


no se que estoy haciendo despierto.

No.

sé que estoy haciendo despierto:

escribo

(¿escribo?)

pienso, leo

no siento

no duermo

pero adormilo


¿qué me pasa?

"qué" me pasa


justamente


es lo que iba a decir.






Hache Eme

jueves

El peor de los pecados



El peor de los pecados



“He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.”

J.F.I.L. Borges




Un escritor viejo y solo esta encerrado hace días en su estudio y mira durante horas sin pausa el papel frente a él. La tinta no corre…


La suya había sido una larga carrera llena de novelas y cuentos, todos ellos habitados por hombres y mujeres desesperados. Ninguna de mis sus historias tuvo nunca un final feliz. Ni siquiera un capítulo feliz. De hecho, si alguna vez escribió la felicidad fue solo para quebrantarla después y hacer que quien se estuviera refugiando en ella caiga desde más alto. Sus personajes morían y este quizás era el único alivio que les era permitido después de una vida en palabras tristes.


Muy tarde se dio cuenta de la trampa. Una epifanía terrible. Cada una de mis sus páginas había sido una venganza por una vida olvidada de vivir. En cada una de sus obras condenó a alguien a mi su misma suerte.


“He cometido el peor de los pecados…”, recordó el viejo y se encerró en el estudio. Durante días no comió ni durmió más que cuando el cansancio lo emboscaba en su escritorio. Lo obsesionaba la idea de redimirmese.


La necesidad de escribir una historia feliz ocupo así cada espacio de sus días. Borrador tras borrador se fue alejando, pero nunca pasó del primer párrafo.


Finalmente llegó a su segunda, y última, revelación. Resignado agarró su pluma y garabateó las primeras palabras que no tacharía:


“Un escritor viejo y solo esta encerrado hace días en su estudio y mira durante horas sin pausa el papel frente a él. La tinta no corre…”



Hache Eme