Espalda de mujer
Me encanta
el pelo largo que cae sobre la espalda de una mujer abriéndose en canales
desordenados, chispeantes. Salpicando su cuerpo con rayitos de vida que van más
allá del suave subir y bajar de la respiración.
A veces, ese flujo hipnotizante va más
allá, más lejos, y obliga al paseante a seguir su rastro río abajo, rastreando
sus curvas y sinuosidades, pasando por alto ciertas fronteras. Imaginando,
incluso, que no existen.
En el límite ético, ya que no estético,
me freno, por imposición o por decoro, y vuelvo a remontar cascada arriba,
hasta la fuente, como un salmón, si no enamorado, casi. Encantado o
encaprichado, lo mismo da, como yo mismo, en fin, y anda a saber cuantos más.
Es en este momento donde las orejas
se dejan ver, surgiendo de la corriente como periscopios, espías atentos al
elogio y la calumnia. Son monolitos, señales de una divinidad, primeros
mensajeros de la piel.
Finalmente, llego a la mejilla,
culmine del recorrido. Ternura templada, recostada suavemente en la palma o los
nudillos. Rosado y vibrante hogar de unos ojos que no se ven y marco terso de
labios que solo a medias son reales. La otra mitad le corresponde a la
imaginación. Ahí habitan por siempre. Más acá y mas allá del deseo.
Hache Eme
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