lunes

Cortitos y al Paso


Cortitos y al paso


Plaza Italia.


El otro día estaba tomando unos mates en el puesto de Susana y Juan, mi pareja de libreros amiga, cuando se acercó un hombre mayor caminando con pasos largos y lentos. Llevaba un traje añoso y gastado, pero que rodeaba al anciano con cierta aura bohemia, acentuada quizás por los parches en los codos, la bufanda larga, que rozaba el cinturón, y los lentes bifocales. Tenía la barba prolijamente recortada y el pelo gris recogido en una colita. Sin despegar las manos que parecía tener atadas en la espalda se inclinaba entre los anaqueles, murmurando cosas incomprensibles y reconociendo a los libros sin mirar tapas ni lomos, valla a saber uno como.

Susana me pasó un mate preparado en la tapa del termo y haciendo gala de su capacidad como vendedora se dirigió al hombre muy amablemente:

“Hola señor ¿Lo puedo ayudar o está buscando algo específico?”

El señor, que en ese momento estaba tan doblado sobre uno de los estantes que parecía pasar los libros con la nariz, se enderezó despacito y con una leve sonrisa en la boca le contesto majestuosamente “tezorosh, mi niña, tezorosh”. Juan y yo nos miramos entre asombrados y divertidos, y Susana, asegurándose de que el anciano estaba de nuevo inmerso en su estante nos hizo una mueca, levantando una ceja y estirando los labios, dejando entrever en el medio los dientes apretados. Ya estábamos medio tentados cuando el viejo se volteó de repente y dijo “Mi niña ¿Tienesh algo de Florenshia Bonelli?”.


H:M


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