martes

Hombre Muerto


Hombre muerto


Dos hombres se encuentran en una esquina. Un farol ilumina la noche. Hace frío. Mucho frío. Uno de los hombres se detiene junto al farol, saca un cigarrillo y mientras se acomoda el sombrero comienza a fumar. El otro hombre lo mira. Tararea un tango y espera. Los dos se miran y esperan.

El hombre del cigarrillo tiene barba completa y una expresión estoica. Más que fumarlo pareciera que lo que hace es morder el cigarrillo. Cada tanto puede verse como aspira el humo y sin inmutarse luego o deja salir, abandonándolo para que su nube gris lo envuelva. La sombra que el ala del sombrero proyecta sobre su cara y la espesa atmósfera de humo en la que se esconde hace que sea muy difícil discernir sus facciones. Sus ojos son invisibles, apenas si se pueden adivinar perdidos en esa tiniebla casi impenetrable.

El otro hombre esta terriblemente nervioso. El sudor que perla su frente es evidente bajo la tenue luz del farol, y lo delata inequívocamente. Trata de disimularlo impostando ligereza en su manera de silbar, pero es un pésimo actor y no puede controlar su cuerpo: una pierna le tiembla irremediablemente y sus manos solo dejan de refregarse para viajar hasta su cabeza y reposarse unos segundos sobre su escaso pelo rubión. Los ojos son lo peor. En ellos puede leerse sin problemas un terror que amenaza escaparse por su boca en un gemido lastimoso.

Cada segundo que pasa en el que el hombre de la barba permanece indiferente es una gota más de sudor que corre por la frente del pelado.

“Entonces ¿Qué vas a hacer?” Es el barbudo el que habla. El pelado no contesta, pero el temblor de su pierna ya es irreprimible. Como por reflejo mete la mano derecha en el bolsillo del impermeable, mientras gesticula con la izquierda, como queriendo agarrar una palabra que flota frente a él y lo esquiva. La nube alrededor del barbudo se hace cada vez mas espesa. Donde solía estar su cabeza solo se ve la braza del cigarrillo que se enciende y apaga, y apenas la silueta de un rostro que ahora es indefinible. Dentro de los bolsillos de su sobretodo sus manos se convierten en puños. Por un segundo un brillo frío parece señalar el punto perdido en la negrura en el que solían encontrarse los ojos del barbudo. Es un brillo horrible, un chispazo de muerte.

Finalmente el pelado logra articular, y escupe una frase tartamudeada en la que cada silaba se golpea con la que le sigue, como un choque en cadena. “Notieneporqueterminarasí.Tenésotrasopciones.Nomehagasesto”

“No hay más opciones. Cuando el viejo vino con el maletín cargado de billetes vos lo escuchaste tan bien como yo. La deuda se tiene que pagar de una forma u otra. Hoy se vence el plazo y la plata no está. No hay excusas. Si viniste es porque sabías como iba a terminar, así que ahora calmate y parate derecho. Secate las lagrimas. Sos mi mejor amigo, y no quiero que mi última imagen tuya sea así de patética.” Después de decir esto el barbudo no volvió a hablar, y durante un minuto interminable en la calle solo se escucharon los sollozos sordos del pelado.

El humo del cigarrillo los envolvía a los dos. El “clack” del revolver amartillado se escucho sobrenaturalmente nítido en contraposición al estallido acallado por el largo y cilíndrico silenciador que prolongaba el cañón del arma. Un cuerpo se desplomó tras el manto de neblinas, y un cigarrillo rodó por el piso hasta apagarse mientras a lo lejos se perdían los sollozos en la noche.



H:M

1 comentario:

santy dijo...

Me gusta, especialmente la frase "como queriendo agarrar una palabra que flota frente a él y lo esquiva" Tiene una atmósfera bien lograda, misteriosa y oscura. Me gusta también que es un texto que funciona sin demasiadas explicaciones.