miércoles

UN HOMBRE DEFORME





Conozco a una chica simpática, linda e inteligente, que me atrae desde el primer momento. A pesar de que sé como van a terminar las cosas, la persigo con mi ánimo exaltado a todas partes, hasta que viene puntualmente lo que ya me imaginaba: un gesto ambiguo, sospechoso, que yo siempre interpreto como de fastidio y vuelvo a la cucha con la cola entre las patas. Eternamente es lo mismo, solo basta que me guste de verdad una mujer para que inmediatamente pase a ser caratulada como “amor imposible”. Y no es que yo pretenda chicas excepcionales, la “elegida” puede ser los ojos de los demás un perfecto simio – tanto física como intelectualmente – que igual la voy a considerar un ser inalcanzable. Tampoco esto es la “idealización romántica del poeta”, puesto que yo no me quedo extasiado mirando a ese “objeto amado”, sino que me dispongo a correr detrás de el para alcanzarlo; pero es inútil, siempre me veo en inferioridad de condiciones para conquistarla.
Hoy mismo siento que estoy condenado a perderme de algo muy grande, sólo por mi culpa; creo, además, que esta culpa es irreversible. Por eso, cuando ahora miro a esta chica, me digo que no tiene sentido volver a pegarme a ella, que ya hizo su gesto de fastidio y que es tiempo de ponerme a un lado y olvidarla. No puedo evitar sentirme inferior frente a sus ojos. Obviamente soy incapaz de conquistar a alguien que considero muy por encima mío (¡como tomar la iniciativa!); esa es mi culpa y no hay remedio, mi suerte ya está escrita. Pero, en realidad, en estas cuestiones nunca se esta tan muerto como para no intentar una vez más. “¡La última!”, se grita uno dentro suyo, con el corazón saltándole por todo el pecho, arrastrando la absurda y firme esperanza de un condenado frente al pelotón de fusilamiento, quien todavía sueña con que los rifles no tengan balas. Con esta misma sensación, arremeto contra ella para hablarle de nuevo y, aunque observo su cara de hastío, aun me agarro de extravagantes hipótesis como si fueran sólidas columnas, llamándome a la calma cuando presiento que estoy a punto de hundirme, porque en el fondo es inútil engañarme. No obstante, sé que tengo que intentarlo: la quiero y está ahí, ¡qué otra cosa puedo hacer? Para no desesperarme, me imagino lo que sería pasar una vida juntos, tratando cada día de sentirnos más atraídos que hastiados, entonces –multiplicando los incómodos silencios que ahora nos separan-, me digo que en definitiva no pierdo nada si al final me resulta imposible seducirla. Pero basta que me sonría para mandar al diablo semejante consuelo de cobarde; las emociones me dominan y no logro controlarme: hago el tonto a pesar de que mi ego se enfurezca. Así y todo me inmovilizo a la hora de los hechos; cuando estoy frente a ella sólo transpiro y me embarullo o, en el mejor de los casos, me pongo a hacer payasadas. Así son las cosas: únicamente puedo mostrarme como una persona viril y sugestiva ya cuando la mujer que esta delante mío me resulta indiferente. Esta parece ser la ironía con la que se enfrentan los eunucos mentales: obtienen siempre lo que ya no desean, porque en el momento en que quieren algo de verdad nunca tienen el coraje de tomarlo; “eso” es muy importante para ellos y les horroriza la idea del fracaso, de esta forma dejan pasar todo lo que realmente sienten que vale la pena, y lo “insignificante” les viene por añadidura… Yo, como en esto me conozco, me propongo irme mañana mismo a otra ciudad, lejos de ella.








H:M

No hay comentarios: