Me he vuelto un perfecto paranoico y tango nada menos que a Dios como imaginario perseguidor. Quizás resulte sorprendente ver a un agnóstico como yo creyendo semejante cosa, pero si se lo mira bien es absolutamente razonable que me haya inventado el más grande de los enemigos: A la hora de compadecerme y sentirme acorralado no soporto las medias tintas.
Puesto que los avances positivos parecen imposibles, me inclino, entonces, por los negativos. “¡Todo mal!”, me digo a cada rato ante las situaciones más absurdas, y me lo creo de corazón. Asumo que el dedo divino se me metió en el culo y que no piensa salirse nunca. Disfruto perversamente de lo que antes me enloquecía de angustia. “¡Más, quiero más!”, le grito a Dios con el puño cerrado cuando me traen el café frío.
Estoy lleno de odio y eso me produce un oscuro placer: el de alimentar mi rencor hasta volverme más poderoso que el mismismo Dios y entonces, ¡Ah, entonces!, el diablo al lado mío va a ser un bebe de pecho…
Es cierto que estoy vencido, pero también es cierto que soy una caldera y no un lameculos.
H:M
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