Una noche la encuentro en una peña de Humanidades y todas las frustraciones me vuelven al cuerpo hasta matarme. Me bajo tres litros de cerveza viéndola moverse de un lado a otro, sin reconocerme. En cierto momento estoy tentado a sacarla a bailar, pero me encuentro demasiado viejo para seguir engañándome en estas cosas. Simplemente me emborracho y la dejo atrás, sepultándola como si fuera la felicidad misma. Rezo para hacerme de piedra, hasta que por fin paso del otro lado de las emociones y me olvido de lo que es sentir algo por una mujer. “Después de todo”, me digo mientras me arrastro solitario hasta mi departamento, “también se puede vivir sin ser feliz”.
H:M
Foto de Esteban Montes
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