viernes

UN HOMBRE DESESPERADO







Solo, en el asiento trasero de un Renault doce, medio recostado para que las sombras y el ángulo lo escondieran, el gordo sudaba ríos. En su mano derecha apretaba un revolver negro y pesado, que temblaba incontrolablemente y parecía a punto de reventar. Cada pocos segundos asomaba un par de centímetros su cabeza por la ventanilla, forzando a sus ojitos de chancho a que penetren en la oscuridad del estacionamiento. A tan solo diez metros de él, el auto de su mujer se sacudía levemente. Viendo esto, el gordo se desesperaba y enseguida se volvía a esconder, ahogaba una puteada y le sacudía un par de culatazos al apoya cabezas del asiento del acompañante. Ya llevaban diez minutos de lo mismo. Hace diez minutos que alguien forcejeaba en el auto que él le había comprado a su mujer. Y él se quería matar, o simplemente quería matar, a secas. Aún no se decidía.
De repente, un gemido cortó el silencio del garaje y se extinguió lentamente. Al gordo los ojitos se le abrieron como dos monedas. Su piel naturalmente rojiza se puso blanca y dejo caer la mandíbula. Ya no temblaba, ya no sudaba.
Se bajo del auto. Los primeros dos metros parecía un zombi, la mirada perdida, pálido y destartalado, inclinado hacía la derecha, como doblado por el peso del revolver. Durante los siguientes cinco pareció inflarse: levantó los hombros, tomó aire, frunció el ceño. Los últimos pasos los hizo como una bestia, resoplando, el brazo recto, su cañón apuntando a la ventanilla donde una maraña de pelo se hacía notar pese al polarizado.
Dos golpecitos en el vidrio. Adentro, todo movimiento ceso de inmediato.
El gordo se voló la cabeza ahí parado. Se desplomo al lado de la puerta que se abría para dejar salir a Mónica, su mujer, que llevaba 10 minutos forcejeando con un par de botas altas carísimas, de taco aguja, que le estaban haciendo mierda los pies desde la mañana.





H:M

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